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Opinión


El largo camino a la reforma universitaria

Fecha Publicación: 15/06/2020  09:30 

Los efectos que sucedieron en Córdoba durante 1918 se extendieron a toda Latinoamérica: Nota de opinión del historiador Felipe Pigna
 
 
La Universidad era solo para los hijos del poder que se educaban con los mismos valores de sus padres garantizando el control ideológico y la continuidad del sistema. Los títulos de “dotores” no eran para los pobres a los que les estaba reservada la educación primaria. Así se formaban  los futuros dirigentes de un país que aprendían a considerarlo como una propiedad privada. En 1918, a dos años de la asunción al gobierno de Yrigoyen, existían en el país solamente tres universidades nacionales: la de Córdoba, fundada en 1613, la Buenos Aires, fundada en 1821 y la de La Plata de 1890 que reunían un total de catorce mil alumnos. La Ley Electoral y la llegada al poder del radicalismo alentó las esperanzas de la clase media a acceder a una aspiración natural, fomentada y frustrada a la vez, por la lógica histérica del sistema capitalista: el ascenso social de sus hijos por medio del ejercicio de profesiones liberales. El sistema universitario vigente era obsoleto y reaccionario. Los planes de estudio estaban décadas atrasados.
 
En la Universidad de Córdoba, en el programa de Filosofía de la cátedra del doctor Ignacio Garzón, en la “bolilla” 16 se hablaba de los “deberes para con los siervos”.
 
A fines de 1917 las autoridades de la Universidad de Córdoba decidieron modificar el régimen de asistencia a clase y cerraron el internado del Hospital de Clínicas. Los estudiantes se movilizaron y crearon un “Comité pro Reforma” que se reunió 31 de marzo de 1918, en el Teatro Rivera Indarte y declaró la huelga general estudiantil. El Consejo Superior reaccionó clausurando la Universidad el 2 de abril. La Reforma se iba tornando sanamente contagiosa en distintas partes del país mientras los jóvenes de Córdoba disolvían el Comité pro Reforma y fundaban la Federación Universitaria de Córdoba (FUC). Los sectores reaccionarios, horrorizados por la “insolencia” de la movilización estudiantil, cerraron filas bajo el nombre de “Comité pro Defensa de la Universidad” y en los centros Católicos de Estudiantes. Una delegación de estudiantes viajó a Buenos Aires y se entrevistó con el presidente Yrigoyen quien nombró interventor al procurador general de la Nación, José Nicolás Matienzo. El interventor comprobó la veracidad de las denuncias de los estudiantes y presentó un proyecto de reformas al estatuto reconociendo que “la actual inamovilidad de los cuerpos directivos de las facultades, compuestos de miembros vitalicios que proveen de su propio seno los cargos de rector, de decanos y de delegados al Consejo Superior, ha producido una verdadera anquilosis al organismo universitario”.
 
El informe Matienzo dió sus primeros frutos y a través de un decreto del presidente Yrigoyen del 6 de mayo se decidió la elección, por parte de los docentes, del consejo y del rector. Ante estas medidas los profesores más ultramontanos renunciaron a sus puestos, lo que le facilitó la tarea a Matienzo. El 28 de mayo fue un día histórico para la universidad argentina: por primera vez se votaron democráticamente los cargos docentes de una casa de altos estudios y resultó electa una mayoría de profesores cercanos al ideario de la FUC.
 
Pero faltaba dar el paso más importante: la elección del rector. El edificio donde se realizaba la elección estaba rodeado por cientos de estudiantes que al enterarse de la maniobra que tramaban los  conservadores, invadieron la sala donde sesionaba la Asamblea destrozando todo lo que pudieron, tirando por las ventanas los cuadros de los profesores, muchos de ellos sacerdotes. Lo único que quedó en pie y se respetó fue la biblioteca. Se proclamó nuevamente la huelga general, la revolución universitaria y la universidad libre. Los estudiantes marcharon por la ciudad recibiendo el apoyo de la población en general y del movimiento obrero en particular.
 
Cuando el rector electo Antonio Nores intentó asumir sus funciones volvieron a producirse incidentes. Finalmente se reunió en su despacho con miembros de la FUC, quienes le solicitaron la renuncia, a lo que, según algunas versiones, el “democrático” rector contestó que prefería un tendal de cadáveres, antes que renunciar. Mientras tanto, ordenaba a la policía la detención de sus interlocutores.
 
El accionar de los estudiantes cordobeses obtuvo la adhesión de sus pares porteños, de distintas organizaciones obreras y de políticos e intelectuales destacados como, Alfredo Palacios, José Ingenieros, Juan B. Justo, Alfredo Palacios, Juan Luis Ferrarotti, Mario Bravo, Telémaco Susini, Enrique Dickmann, Nicolás Repetto, Augusto Bunge, Antonio de Tomaso y Leopoldo Lugones.
 
El 21 de junio los reformistas dieron a conocer el denominado “Manifiesto Liminar”, redactado por Deodoro Roca y dirigido a "los hombres libres de América del Sur”: "Hombres de una República libre, acabamos de romper la última cadena que, en pleno siglo XX, nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica. Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen. Desde hoy contamos para el país una vergüenza menos y una libertad más (...) Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana. La juventud ya no pide. Exige que se le reconozca el derecho a exteriorizar ese pensamiento propio en los cuerpos universitarios por medio de sus representantes. Está cansada de soportar a los tiranos. Si ha sido capaz de realizar una revolución en las conciencias, no puede desconocérsele la capacidad de intervenir en el gobierno de su propia casa”.
 
Eran palabras limpias y esperanzadores que impulsaron la permanente movilización estudiantil que dio sus frutos y provocaron la renuncia del medieval rector Nores. Yrigoyen decidió enviar un nuevo interventor, Telémaco Susini, futuro pionero de la radiofonía argentina. Pero la tardanza en la llegada de Susini impacientó a los estudiantes. Finalmente Susini fue reemplazado por el ministro de Educación, José Salinas, quien también demoró su llegada. El 9 de septiembre los estudiantes tomaron la Universidad, y asumieron interinamente su conducción. Todo era entusiasmo en aquella experiencia autogestionaria y siguiendo el espíritu de integración de la Universidad con la sociedad, se invitaba al pueblo cordobés a la reapertura del ciclo lectivo. Pero los sectores reaccionarios seguían siendo muy poderosos en aquella Córdoba del 18 y la multitudinaria y emotiva ceremonia fue interrumpida por un contingente de unos cien policías y soldados que irrumpieron a golpes y bayonetazos y detuvieron a los ocupantes que fueron procesados acusados de sedición.
 
Los hechos de Córdoba despertaron al interventor Salinas que finalmente viajó a asumir su cargo y “aceptó las renuncias” de varios profesores, entre ellos Nores, que había pasado de rector a profesor. Salinas llevó adelante una prolija tarea de reorganización y reabrió el internado en el Hospital de Clínicas. Las vacantes producidas por los renunciantes fueron cubiertas por algunos reformistas como Deodoro Roca y Arturo Capdevila. Con el aval de la FUC fue electo rector el doctor Eliseo Soaje.
 
El movimiento universitario reformista renovó los programas de estudio, posibilitó la apertura de la universidad a un mayor número de estudiantes, promovió la participación de estos en la dirección de las universidades e impulsó un acercamiento de las casas de estudios a los problemas del país. Implantó el cogobierno de la Universidad por graduados, docentes y alumnos; la libertad de cátedra y la autonomía. Las clases medias comenzaban a llegar nuevamente a aquellos cotos reservados para el poder.
 
Los efectos de la reforma se extendieron a toda Latinoamérica e influyeron en destacados dirigentes de la región, como fue el caso del peruano Raúl Haya de La Torre, creador de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA). Cuando en 1968 los estudiantes de París lanzaron su movimiento, en varios de sus manifiestos recordaban las heroicas jornadas de aquella Córdoba de cincuenta años atrás.




Fuente: (Felipe Pigna)

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